"Así, todo está lleno de dioses. La tierra está llena de dioses celestiales y el cielo está lleno de dioses supercelestiales"
Proclo (412 - 485 d. C).

martes, 11 de septiembre de 2012

La teofanía angélica como pedagogía


“El punto de partida de la pedagogía angélica es la angelicidad virtual del alma humana. Su culminación será la perfecta eclosión de la condición angélica”
Henry Corbin

“Vivir es gestar un Ángel, para alumbrarlo en la eternidad”
Eugenio D’Ors


En el post anterior intentamos una articulación mínima de la noción de teofanía angélica considerada en lo que llamamos ahí su 'lado celeste'. En este post abordaremos su lado terrestre; es decir la teofanía angélica considerada en relación a aquél para quien se manifiesta: el hombre.

Antes de avanzar cabe aclarar que si bien aquí vamos a ‘saltar’ entre tradiciones espirituales distintas, de ningún modo pretendemos anular sus diferencias. Sucede que por ahora estamos tratando las nociones básicas; por lo cual nos apoyamos en ciertas constantes reconocibles en textos de lugares y épocas muy distintas, a fin de ejemplificar dichas nociones.

Pero en algún momento esperamos poder hablar de las realidades angélicas tal como se comprenden al interior de las diversas tradiciones, o de algunas de ellas, y entonces saldrán a la luz sus diferencias. Las cuales, en algunos casos, son muy relevantes debido a las significaciones y valores a los que se anudan las cuestiones angelológicas dentro de la tradición específica.

Volviendo al tema del post, decíamos que había un lado celeste y un lado terrestre de la teofanía. Sin embargo, el sustrato de la teofanía es siempre la vida divina. Por lo tanto la distinción entre un lado o polo celeste y uno terrestre es legítima en tanto se conciba a esos lados o polos no como realidades independientes y extrínsecas sino como modalidades distintas de una misma manifestación.

En palabras de Juan Escoto de Eriúgena, un autor cristiano heredero de la tradición alejandrina:

“Dios recibe de Sí mismo los sustratos de sus teofanías –esto es de las apariciones divinas-, porque de Sí mismo y por Sí mismo y en Sí mismo y para Sí mismo existen todos los seres”

Cabe señalar que, a nuestro juicio, no se trata ahí de ‘panteísmo’, es decir de identificación lisa y llana entre Dios y el universo, sino de un horizonte de comprensión unitivo. Un horizonte en el cual el universo se revela como teofanía sin que eso suponga la abolición de las diferencias que se verifican al interior del mismo, ni suponga negar la trascendencia de su principio último con respecto a sus manifestaciones.

Ese mismo horizonte unitivo y teofánico aparece expresado, en otro contexto cultural y religioso, en una tradición islámica (hadith) que pone en boca de Allah las siguientes palabras:

“Yo era un tesoro oculto y quise ser conocido;
y para ser conocido hice la creación”

Es decir, el sentido de la creación es manifestar a Dios. Y al interior de esa gran teofanía universal se despliegan las mediaciones, y por lo tanto las diferenciaciones, que configuran la relación entre Dios, como tesoro revelado o conocido, el hombre y los ángeles.

Dicho esto, vayamos a nuestro tema puntual que es la relación entre el ángel y el hombre. Esa relación, entendida como lazo de solidaridad e intimidad, está atestiguada y representada en diversas tradiciones. En las cuales se enseña, de uno u otro modo, que los ángeles y seres divinos auxilian y guían a los hombres de muchas maneras; y, muy particularmente, los ayudan a realizar su vocación, es decir la misión principal a cuya realización esos hombres han sido llamados.

Esto último es de particular interés para nosotros, pues en esa función pedagógica, y es pedagógica en tanto propicia el cumplimiento de una vocación, se encuentra el arquetipo, la idea principal, que define la relación de los hombres, y de cada hombre en particular, con el ángel.

Esa idea arquetípica indica que el ángel es un pedagogo invisible, un alter ego celestial, que guía a cada ser humano y cada comunidad, en la medida que sean capaces de abrirse a su influencia, hacia el cumplimiento de su destino superior.

Pero, la palabra ‘destino’ no alude aquí a un decreto ineluctable y exteriormente impuesto sino a la realización de las posibilidades más altas de un ser. Destino, en este contexto, significa cumplimiento de las posibilidades esenciales, las más verdaderas, del ser de cada uno; así como de cada grupo o comunidad de seres que se encuentran ligados, justamente, por una afinidad de destino.

De modo que, como dice Eugenio D’Ors, el ángel asiste y orienta al ser humano en el desarrollo de los aspectos esenciales de su biografía.

Ese arquetipo pedagógico se reconoce, bajo distintos ropajes expresivos y conceptuales, en numerosos relatos simbólicos, doctrinas y testimonios experienciales en muchas tradiciones: en las fravartis del mazdeísmo, en ciertos dioses y dáimones greco latinos, en la Naturaleza perfecta del hermetismo, en el ángel de la guarda del cristianismo, en el dios maestro y custodio individual (Loi Maître d'l' Têt) del vudú haitiano, y en otras varias formas.

Un ejemplo de la asistencia del ángel en el cumplimiento del destino superior es la saga iniciática relatada por Virgilio en La Eneida. En ese poema épico, que tiene como eje los viajes y peripecias del héroe para cumplir su misión y obtener finalmente la recompensa de la inmortalidad, Venus, la diosa, inspira y orienta a Eneas, el héroe, ayudándolo de diversas maneras en el cumplimiento del noble destino que le ha sido asignado, pero al cual no podrá acceder sino a través de un largo rodeo, que incluye el descenso al mundo de los muertos, y con gran sacrificio y lucha.

Eneas ahí, hijo de diosa y hombre, ser celestial y terreno a la vez, aparece como un símbolo de las posibilidades implícitas en la condición humana. Pues el hombre es, justamente, el ser que, sensible y suprasensible a la vez, lleva consigo virtualmente los dos mundos, de la naturaleza y del espíritu, así como la posibilidad final de pasar del uno al otro.

Venus, por su parte, es ahí, aunque en otros contextos tenga otras significaciones, una figura del ángel personal y comunitario. Pues la diosa oficia en ese relato como ángel personal para su hijo Eneas, y también, de manera análoga a los ‘ángeles de las naciones’ de la Biblia, como guía y protectora celeste para la estirpe romana que su hijo debe fundar.

Dicho sea de paso, el hecho de que el arquetipo angélico se revista en La Eneida de una forma literaria es algo que suele confundir al academicismo racionalista. El cual, incapaz de captar el significado interior de los datos que estudia, no acierta a ver en la obra más que una emulación latina de Homero inspirada por motivos políticos y con fines de propaganda; y a reconocerle, como si fuera lo más importante, grandes méritos ‘artísticos’ y de estilo.

Pero dejemos esa cuestión y volvamos al arquetipo. Otro ejemplo del mismo se encuentra dentro del judaísmo en un texto conocido como ‘Libro de los hechos de Tobit’, que pertenece a los escritos denominados ‘apócrifos’.

La expresión ‘apócrifos’ proviene del griego ‘apocrypha’, que significa ‘oculto’, y se aplicaba a obras que en su origen circularon de modo discreto, ya que no estaban destinadas al vulgo sino a grupos de iniciados. Con el tiempo esa denominación se generalizó hasta abarcar todas las obras religiosas no incluidas en la Biblia.

El libro de Tobit fue escrito en siglo II a. C, y tiene el tono piadoso y doliente característico de la literatura judía del exilio. La humillación, la muerte y la fe conforman el telón de fondo de la historia. Se trata de un texto rico y que puede ser leído en diversos niveles de sentido. Aquí nos limitaremos a comentar solamente aquello que está más directamente asociado a nuestros fines.

El marco para la aparición el ángel, lo configuran, por un lado, la situación de Tobit, y por otro lado, la de Sara, su sobrina. Tobit se encontraba exiliado, ciego y privado de sus bienes. Y Sara, que vivía en otra ciudad, era la única hija de sus padres, y sufría porque un demonio asesinaba una y otra vez a todos los hombres que la pretendían como esposa; condenándola así a la soledad y la esterilidad.

En ese contexto, Tobit envía a su hijo Tobías a buscar un dinero que le debía su hermano, el padre de Sara y tío de Tobías, a fin de aliviar la situación de su familia. Y ese viaje es justamente la ocasión del encuentro de Tobías con el ángel.

El texto cuenta que cuando Tobías sale a buscar un guía que lo conduzca a la tierra de su tío, tierra que Tobías no conocía, se encuentra al ángel Rafael. Dice el relato:

“Tobías salió a buscar un buen guía, que conociera el camino para ir con él a Media. Afuera encontró al ángel Rafael, que estaba de pie frente a él y, sin sospechar que era un ángel de Dios, le preguntó: ‘¿De dónde eres amigo?’”

Es importante subrayar que si bien el ángel es identificado como tal para el lector, Tobías, al igual que todos los protagonistas, sólo ven a un hombre. Pues, la naturaleza angélica del mismo les es revelada recién más adelante cuando la misión del ángel ha sido cumplida.

Hay ahí un dato al que ya hemos aludido, sin desarrollarlo, en el post anterior. Pues en este relato, al igual que en el encuentro de Abraham con los tres hombres, la identidad del ángel se recubre de una forma humana.

Y ese mismo recubrimiento del ángel por el hombre, se encuentra en varios pasajes bíblicos, tanto en el Viejo como en el Nuevo Testamento. Y se encuentra también en otras tradiciones, en las que es común encontrar que las epifanías divinas asumen formas humanas.

Ejemplo de lo último es un mito muy importante en la religiosidad griega y particularmente en los Misterios de Eleusis, en los cuales se accedía, justamente, la epopteia, es decir la visión epifánica de los dioses y del más allá. Nos referimos a la historia de Deméter y Perséfone, en la cual se cuenta que la diosa Deméter (Ceres), buscando a su hija Perséfone (Proserpina), desciende a la tierra bajo el aspecto de una modesta anciana; y los humanos no la reconocen como diosa hasta que ella misma no se revela como tal.

Otro tanto sucede en el mito que relata el encuentro amoroso de Afrodita con Anquises. Donde la diosa desciende al mundo humano en la forma de una mujer hermosa; ya que Anquises, que era hombre, no hubiera podido soportar la visión directa de su forma celestial.

El racionalismo materialista nos ha acostumbrado a considerar tales mitos como si fueran ‘fábulas’ creadas por el hombre para ilustrar ideas que podrían concebirse de todos modos prescindiendo de los mismos. Pero, para quien se orienta, aunque sea torpemente, hacia el horizonte de la Sophia, esos mitos son representaciones simbólicas de realidades interiores y espirituales cuya verdad está fuera de toda duda.

Como dice Walter Otto:

“el mito auténtico –para decirlo de una vez- está siempre pleno de espíritu, no surge de ningún sueño del alma, sino de la visión clara del ojo espiritual abierto al ser de las cosas”

Pero volvamos al libro de Tobit. A partir de que Tobías encuentra al ángel, éste no sólo lo conduce hacia la tierra de su tío donde recibe el dinero que había ido a buscar, sino que le enseña como liberar a Sara de su maldición, y también intercede para que Tobías pueda tomarla como esposa, y además cura al padre de Tobías, es decir Tobit, de su ceguera.

Así, el ángel Rafael guía a uno, cura a otros , y de modo general los libera a todos de sus males. Pero lo más importante para nosotros, es que el ángel propicia el matrimonio de Tobías y Sara. Pues, de acuerdo a la ley judía de ese entonces, Tobías y Sara, que eran primos, estaban destinados uno al otro. Pero las vicisitudes y desgracias de la vida habían distanciado a ambas ramas de la familia y por eso no se conocían.

Dicho sea de paso, el relato permite comprender, aunque no lo dice explícitamente, que el daño que el demonio le causaba a Sara se subordinaba a una meta superior. Pues debido a su desgracia, Sara permaneció virgen y sola hasta la llegada de Tobías. Esto inspira por sí mismo una meditación acerca de la función del mal. Y esa es una de las varias joyas, discretamente engarzadas, que se pueden descubrir en ese Libro.

Volviendo al punto central y para cerrar el tema: puede decirse que el ángel asiste a Tobías en el cumplimiento de su destino. Ya que lo conduce y ayuda en la realización de aquello que le estaba destinado por origen familiar, pero que las vicisitudes del mundo habían puesto fuera de su alcance.

Pasamos ahora a otro ejemplo del arquetipo que estamos explorando a fin de aclarar mejor su idea. El mismo se encuentra en el pasaje del Evangelio cristiano en que Jesús se refiere a los niños. Se trata, obviamente, de un texto mucho más conocido que el anterior, por lo cual vamos a ser más breves y nos concentraremos solamente en unas pocas, pero iluminadoras, palabras. El pasaje en cuestión dice:

“Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos”

Los teólogos cristianos han encontrado ahí, entre otras cosas, una justificación escritural a la noción de ‘ángel de la guarda’ transmitida por esa tradición. Noción cuyo núcleo es el reconocimiento de la singularización e intimidad en la relación entre ángel y hombre.

Esa noción aparece luego enunciada explícitamente, por ejemplo, en Orígenes (siglos II-III d.C), quien dice:


“Hay que admitir que toda alma de hombre está bajo la dirección de un ángel, como de un hermano”

Para nosotros, lo importante en dicha noción es que trasciende la concepción ordinaria acerca de la naturaleza humana. Pero, volvamos al pasaje evangélico para comprenderlo mejor.

Si, mientras los niños están aquí en la tierra, ‘sus’ ángeles, los de cada niño, están en el cielo, es porque unos y otros, niños y ángeles, son, de algún modo, el mismo ser bajo una forma terrestre y una forma celeste.

Así, del pasaje se desprende que por cada niño en la tierra hay un ángel en el cielo. Y aparece esbozada ahí la idea de un ser, o un estado de ser, el estado humano, tendido entre dos polos: uno terrestre y otro celeste.

Por su parte, una tradición islámica (hadith) enseña que una vez que Allah hubo creado la forma del Hombre, envió un ángel para que le insufle el espíritu. Y no es difícil reconocer ahí que el ángel comunica al hombre algo de sí mismo. Pues sino ¿cómo podría insuflarle el espíritu?

Ahora bien, esa conjunción humano-angélica no es, para nosotros, puramente metafórica sino que, y más allá de los modos de representarla, dado que éstos varían de contexto en contexto, constituye una verdad profunda acerca de la condición humana.

Una verdad que a muchos les resultará difícil de aceptar puesto que obliga a trascender las mezquindades del racionalismo agnóstico en el cual ha sido educada la mayoría de la gente culta de hoy.

Lo que está en juego en el arquetipo que venimos comentando es la idea de una naturaleza humana, y una identidad humana, cuyas posibilidades no pueden ser cabalmente realizadas más que en conjunción con la vida angélica. Pues, el ángel pedagogo revela al hombre que se abre a su influencia, una dimensión superior de su propio ser. Una dimensión que le está destinada, pero que por muchas razones, y principalmente por desconocer el llamado del ángel, puede malograrse.

En cierto sentido, puede decirse que el ángel es la respuesta a una pregunta crucial para los hombres; si es que no se trata de la pregunta humana por excelencia: ¿quienes somos?

Escoto de Eriúgena, en su tiempo, captó todo esto y lo planteó de un modo tan claro y elocuente que sería difícil encontrar una expresión mejor. Dijo:

"Y el ángel se crea en el hombre mediante el conocimiento del ángel que subsiste en el hombre, y el hombre se crea en el ángel mediante el conocimiento del hombre que subsiste en el ángel"

Entonces, la conjunción con el ángel es para cada hombre un aspecto, aunque en principio permanezca virtual, de su propia identidad. Porque la conjunción con el ángel abre al hombre la posibilidad de acceder a una dimensión de su propio ser que, aún siendo suya (‘sus’ ángeles dice Jesús), trasciende su individualidad empírica.

Vale decir, se trata aquí de una dimensión del ser de la cual el hombre terreno no puede apropiarse, aunque sea ‘suya’, sino que debe, si reconoce sus solicitaciones, abrirse hacia la misma para dejarse guiar por ella. Y esa apertura, es, justamente, la esencia de la teofanía angélica.

En consonancia con todo esto pero en otro marco religioso y cultural, Apuleyo, en su estupendo escrito sobre el ‘dáimon’ de Sócrates, dice respecto de los ángeles personales (a los que llama dáimones o genios):

“... no olvides que para estos guardianes no hay secreto alguno ni dentro ni fuera de nuestro corazón; que vuestro genio asiste a toda vuestra vida, que todo lo ve, que lo comprende todo, y como la conciencia, penetra en los más ocultos repliegues del corazón”

Resulta claro, entonces, por todo lo que venimos diciendo, que el horizonte de comprensión abierto por la angelosofía supera el principio lógico de no contradicción y el falso dilema entre la identidad y la alteridad a propósito de la vida humana. Pues, la angelosofía nos conduce a integrar la 'otredad' celestial en la ‘mismidad’ del ser humano terreno.

En el mismo orden de ideas, se dice en un antiguo texto hermético citado por Corbin, que el ángel y el hombre son como la raíz original y la rama surgida de él.

Pero tan pronto como se lo piensa se comprende que la raíz y la rama no pueden ser consideradas como entidades independientes a menos que se las conciba sólo exteriormente y en un completo aislamiento abstracto; es decir desconociendo la conexión interior y vital entre ambas. Sin embargo, es claro también que la raíz y la rama son dos aspectos diferenciados de la misma entidad, y pueden ser concebidas, en cierto sentido, como realidades distintas.

Así, el arquetipo del ángel alude a una estructura ontológica que trasciende las categorías intelectuales a las cuales pretende sujetarnos el racionalismo materialista moderno. Y tampoco se deja atrapar, por supuesto, en la lógica puramente discursiva y carente de dimensión trascendente en la cual el nihilismo contemporáneo, y cierto psicoanálisis, pretenden encerrar al humano.

De ahí que Henry Corbin haya acuñado diversas expresiones destinadas a dar nombre a esa estructura que nuestra cultura ‘oficial’ desconoce totalmente. Por eso habló, por ejemplo, de ‘biunidad’ y de ‘unus ambo’ para referirse a la identidad dual del hombre y su ángel.

Para terminar, observemos que la ‘dualidad en la unidad’ de la cual hablábamos en nuestro post anterior, a propósito de la teofanía del ángel de la faz en el análisis de Schelling, reaparece aquí pero situada en otro nivel de realidad y de sentido.

Ahora no se trata sólo de la ‘dualidad en la unidad’ de Dios y del ángel a través del cual el primero se manifiesta, sino también de la ‘dualidad en la unidad’ del ángel y del hombre para quien se manifiesta.

Vislumbramos así algo misterioso, sobrecogedor, y muy difícil de articular en palabras, que sugiere que la teofanía es, a la vez, lo manifestado, es decir la presencia divina, el manifestante, es decir el ángel, y también aquél para quien el ángel y la presencia divina se manifiestan, es decir el hombre. Y es todo eso a la vez de modo unitario pero también distintivo.

Finalmente, digamos que si la conjunción con el ángel abre al hombre hacia una dimensión trascendente de su ser, entonces, la noción de pedagogía angélica no está completa si no se considera su función escatológica. Su papel en el viaje post mortem.

Pero esa dimensión escatológica está más allá de los límites que asignamos a este post. Así que esperamos poder tratarla la próxima vez.


Referencias:

-La cita de Henry Corbin del epígrafe pertenece a su trabajo ‘Avicena y el relato visionario’ {editado por Paidós, Barcelona}

- La cita de Eugenio D’Ors del epígrafe pertence al libro ‘Introducción a la vida angélica’ {conocemos una única edición, ya fuera de circulación, de Editoriales Reunidas, Bs. As. 1941}. En ese mismo libro D’Ors desarrolla la idea de pedagogía angélica y su función en el desarrollo de la biografía humana.

Dicho sea de paso, la convergencia entre las ideas de ese pensador español y las de Corbin es notable. Más allá de las diferencias de profundidad y amplitud con que cada uno, desde su propio lugar y misión, trabajó el tema del ángel.

- Las citas de Juan Escoto de Eriúgena pertenecen todas a su obra ‘Sobre las naturalezas (Periphyseon)’ {editado por Eunsa, Navarra}.

- Las tradiciones islámicas conocidas como ‘hadiths’ se transmiten por vía oral, aunque existen recopilaciones de las mismas, y también son citadas en numerosos escritos de los maestros de esa tradición. El primer hadith citado en el post lo extrajimos de la obra del Sheij Muhyiddin Ibn Arabi titulada ‘El núcleo del núcleo’ {ed. Siruela, España}; y el segundo, al que aludimos sin citarlo, se encuentra en la colección ‘Los cuarenta hadihts’ {ed. Edicomuniación, Madrid}.

- La epopeya de Eneas se encuentra en ‘La Eneida’ de Virgilio {ed. Losada, Bs. As.}

- El ‘Libro de los hechos de Tobit’ está publicado en Internet: Ir al texto

- La cita de Walter Otto pertenece a su obra ‘Teofanía’ {ed. Sextopiso, España}

- El pasaje evangélico que citamos se encuentra en Mateo 18, 10 {ed. Sociedades bíblicas en América Latina}.

- La cita de Orígenes la encontramos en el libro de Daniélou titulado ‘Orígenes’ {ed. Sudamericana, Bs. As.}.

- La cita de Apuleyo se encuentra en su texto ‘El demonio de Sócrates’, incluido en ‘La metamorfosis o el asno de oro’ {ed. Obras maestras, Barcelona, 1973}.

- La referencia de Corbin al texto hermético donde se compara al ángel y al hombre con la raíz y la rama, se encuentra en su trabajo ‘El hombre de luz en el sufismo iranio’ {ed. Siruela, Madrid}.